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Desde que el ser humano conforma una vida social, el ludismo lo ha acompañado en cada actividad, inspirando el surgimiento esencial del espíritu que mueve al juego en relación al deporte -incluso, para muchos expertos, el sentido del juego y la recreación constituyen el espíritu del deporte-. De acuerdo a la evolución de las civilizaciones y a las nuevas necesidades de la sociedad, se fueron sumando, al ejercicio del Deporte, nuevas percepciones afines a los cambios sociales que se iban generando, de tal forma de fortalecer la salud, en sus dimensiones física y mental, la reivindicación de valores de exigencia, esfuerzo y rendimiento, la diversión popular, la competencia, etc. De tal forma, es posible asimilar que el Deporte, en su plena naturaleza, constituye un aspecto integral e integrador en casi todas las culturas de la sociedad moderna, al tiempo que significa, para la persona, un medio que contribuye a su salud psicofísica, dentro de un ámbito de interacciones recreativas dentro de la sociedad.

En la práctica, el Deporte, en un sentido esencial y práctico se expresa con características sociales, puesto que se halla profundamente conectado a muchos aspectos de la vida colectiva -tanto en sus instancias cotidianas, como sociales, culturales, económicas, culturales, etc. El Deporte está en conexión con múltiples ámbitos de nuestras sociedades y en íntima relación con el sentido recreativo de la persona humana como ser social. Debido a esta característica, no es correcta la apreciación de verlo como una actividad de entretención propia de estratos populares o relacionadas con ciertas élites. Es posible apreciar que la organización política y social se estructura con componentes que son vitales para el desarrollo global del Deporte Recreativo, repercutiendo en los ámbitos de vida social, lúdica, deportiva, recreativa y cultural, constituyendo la verdadera integración de Deporte, Recreo y cultura.

La evolución del Deporte, por tanto, se va gestando en condicionamiento de un sinnúmero de factores, más o menos relevantes, que en su conjunto constituyen un verdadero crisol conductual de los comportamientos humanos en diversas sociedades actuales. Esta característica del ámbito deportivo, es crucial al momento de evaluar el impacto de las influencias de la recreación y el deporte en reciprocidad con la psicología de los pueblos.

Los ejemplos más representativos de la repercusión recíproca entre Deporte, Recreación y Sociedad, lo encontramos en diferentes deportes populares que constituyen verdaderos parámetros de medición de la personalidad y la conducta humana, reflejando índices psicológicos de fanatismo, intolerancia y violencia, a través de espectáculos de preferencia futbolísticos. Otros espectáculos deportivos, por el contrario, reflejan parámetros de cooperatividad, trabajo en equipo y espíritu de perfectibilidad -como los deportes de naturaleza olímpica. Tanto los parámetros de comportamiento positivo como negativo, se reafirman como verdaderos estereotipos sociales, que tanto las autoridades deportivas, como educativas y sociales, debieran considerar, de tal modo de responder a demandas recreativas que eleven la calidad de vida y se conecten con el espíritu real del Deporte -que en un sentido esencial es reflejo de un transfondo evolutivo de nuestras sociedades.

"La cultura se juega", preconizó el académico holandés Johan Huizinga, aludiendo a un hecho innegable: “El juego, es mucho más que una instancia complementaria de la vida cotidiana en nuestra sociedad; mucho más que una forma de evasión a los males y preocupaciones mundanas de las personas y un elemento más del patrimonio, a modo de bien colectivo”. El verdadero carácter del juego es que constituye parte de un proceso lúdico fundamental en la vida del ser humano, por lo que podemos afirmar que es y ha sido, a lo largo de la historia, un componente esencial en la conformación de la cultura.

Más allá de un pasatiempo o entretención, muestra de habilidad, destreza, competencia o de mera participación colectiva o diversión autónoma, el juego, en Latinoamérica debe ser entendido como una forma de vida, ya que refleja con transparencia el espíritu de un Mundo Nuevo, abierto a la alegría, a la vitalidad y al remoto sentido del “Carpe Diem” –lejos de ser un proceso inmediatista que coge el presente, consideramos que así mismo bebe de las aguas de un pasado, aún con nuevas raíces y abierto a la continua transformación.

En la cultura iberoamericana, en particular, debido a la idiosincrasia lúdica de sus gentes, el juego es, meritoriamente, el eje central en donde descansan los aspectos lúdicos populares del folclor de los pueblos. Éste recoge, a través del patrimonio de su oralidad, un sinfín de manifestaciones lúdicas, algunas arraigadas en costumbres ancestrales precolombinas –como la chueca, de origen mapuche- Otras, de transculturación europea – como aquéllas que hallan su origen en la época colonial y en los días de la República de los pueblos- o bien, anglosajona. Encontramos, en general, las de fusión cultural iberoamericana, que se han ido adaptando al carácter peculiar que el ingenio del continente y los procesos de tecnificación han ido esculpiendo en los usos y costumbres.

Dicha fusión entronca una mezcla de elementos hispanos e indígena-mestizos, de tal manera que se juega a la chueca, la taba, el boliche o juego de bolos, las chapas, el juego de naipes, pares y nones, a la pallalla (pintoresco juego con piedrecillas), las bolitas o canicas, el tejo, las carreras –en todas sus variaciones- y una gran diversidad de juegos, que en su conjunto, representan el espíritu lúdico del mundo iberoamericano.

En la sociedad actual, el juego se manifiesta de muchas maneras. Una de ellas son los deportes y, en particular, los juegos con el balón o pelota –los cuales hoy en día se han convertido en verdaderos deportes profesionales, como es el caso del afamado fútbol.

En este contexto, hacemos referencia a aquellos juegos que son representativos de toda Latinoamérica y que representan un vínculo de interculturalidad dada por igual tradición lúdico-popular, de tal manera que se corresponden con un elemento identitario importante. De alguna forma, además, seleccionamos con un criterio que permita rescatar una vigencia de ciertos elementos, que han ido conservando su esencia, a través del transcurso del tiempo, transformando y o agregando elementos, sin perder sus raíces ni su naturaleza esencial. Pelota, rayuela y volantín, sin duda, los juegos preferidos de todas las gentes que pueblan el intercontinente Hispanoamericano.

Desde la clásica Antigüedad, especialmente, lidios, griegos y romanos manifestaron una especial predilección por todas las modalidades del juego con balón o pelota, el que desde sus orígenes fue considerado como un verdadero deporte - ejercicio que dotaba de gran resistencia, agilidad, gracia y elasticidad a los jugadores que lo practicaban y cultivaban.

A través de las generaciones, fueron practicadas y difundidas las diversas modalidades de juego de balón –siempre sujeto tanto a pasiones como a prohibiciones, nacidas de las más absurdas licencias- no obstante, a partir del siglo XVIII, estos juegos pudieron practicarse con absoluta libertad, hasta nuestros días, habiéndose extendido, universalmente, como un deporte en esencia, especialmente cuando se inventa el juego de pelota, universalmente conocido como fútbol.

Indudablemente, el juego del fútbol se originó en Gran Bretaña, en la Inglaterra industrial del siglo XIX y, con toda seguridad, debe haber poseído, desde sus orígenes, las mismas características que hoy se le reconocen –sin olvidar que los aspectos reglamentarios del juego debieron, consecuentemente, ir depurándose, a medida que la práctica y el perfeccionamiento del deporte lo iban exigiendo y el número de jugadores o futbolistas que en él tomaban parte se iba reduciendo.

Durante casi un siglo y medio, el fútbol ha ido ganando una cantidad tal de adeptos que puede ser considerado, a todas luces, el deporte universal, por excelencia, debido a que goza de la fervorosa aceptación de casi todo el mundo, siendo su práctica y afición, significativamente más reducida en los pueblos del Norte de América –donde predominan otros juegos de balón, como el baloncesto- No obstante en América Latina y el resto del mundo, el fútbol es el opio del pueblo, pasión que mueve a multitudes, tanto a la realización de su práctica popular, como a ser espectadores del juego más divertido que existe.

El fútbol llegó a América Latina , aproximadamente a principios del siglo XX –y se fue arraigando en las primeras dos décadas de la centuria, hasta ocupar un lugar de privilegio en las costumbres del intercontinente iberoamericano, pasando a formar parte de nuestra tradición lúdica patrimonial. Muchos factores a su favor posibilitan el sitial que ocupa este juego en nuestro territorio y en el mundo entero, a saber:

1. La sencillez de sus aspectos reglamentarios.

2. Su facultad intrínseca para provocar tensión y placer, tanto de carácter competitivo, como de expectación.

3. Su sentido mimético participativo que propicia la participación empática, el sentido lúdico de competencia, simulando un enfrentamiento bélico o las luchas de la vida real, que nos lleva a las remembranzas de nuestros juegos infantiles.

4. Sus situaciones corporales de destreza incomparable, ludismo y estética.

5. Su condición de esperanto deportivo, proceso aún inexplicado que lo convierte en un deporte de masas, por cuanto el fútbol ha ido franqueando las barreras sociales, culturales, geográficas, étnicas, religiosas, políticas y espirituales que separan a los pueblos en todo el resto de sus ámbitos y esferas de vida.

6. Facultad de hipnosis de las masas, con una fuerte y profunda acción catártica semanal que permite la liberación sana de las emociones retraídas –aunque muchos autores señalan esta característica como un factor alienante, debido a que manipula a las masas que lo siguen y, en palabras del escritor Humberto Eco, determina un tipo de función inmovilizadora, por cuanto genera una forma de adhesión consumista en el inconsciente de las masas a las que atrae.

7. La característica más importante del fútbol y acaso su sello inherente y su valor sociocultural esencial, dentro de nuestras sociedades, es el hecho que este juego desempeña un complejo papel como generador de cultura.

Es, precisamente, esta última característica del fútbol, la que retomamos como factor primordial en nuestra cultura latinoamericana, en tanto sus características y componentes son fundamentales en el devenir social de nuestros pueblos. Las sociedad occidental y particularmente, la nuestra, lo ha transformado en el “eje condensador de adhesiones y arraigos detrás de los cuales se nutre el sentimiento nacionalista” de nuestros pueblos –fenómeno que lo convierte, intrínsecamente en un elemento lúdico de fuerte impronta identitaria.

Vivimos una época de fuerte globalización y confusión valórica de las divergencias culturales que nos definen. Ningún elemento cultural de nuestro patrimonio posee la virtualidad de plasmar un espíritu identitario, que unifique los elementos compartidos de nuestra cultura, respetando la heterogenia de nuestros pueblos.

El fútbol es el elemento que más se aproxima a esta virtualidad. Indudablemente, por lo mismo, muchos autores y cientistas especializados, se rinden ante la evidencia que la cultura se juega, dándose el inexplicable proceso socia y emotivo que Camus ha resumido en una hipérbole genial y plausible: "Patria es la selección nacional de fútbol" –el único juego que juega un rol integrador, unificador y generador de un espíritu de profunda lealtad y adhesión masiva.

El “Pelusa y dios” Maradona; la “Saeta Rubia” Di Stefano; el “Matador” Kempes; el Rey “Pelé”; Freddy Rincón; Valderrama; Hugo Sánchez; Garrincha; Romario; Zamorano; ídolos a través del tiempo y de las generaciones, figuras mitificadas en un colectivo vivo que los asume, como representantes de identidad y nacionalismo. Es el espíritu del fútbol y las figuras inolvidables que lo edifican, el espacio común en que se generan y promueven las condiciones y los factores para sustentar una "comunidad imaginada" que se reconoce y es reconocida.